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lunes, 30 de julio de 2012

LA DISFEMIA INFANTIL



Balbina Moreno Sánchez
Logopeda – CDIAT AVANZA (APCOM)

Dentro de los trastornos del lenguaje uno de los más frecuentes es la disfemia y se define de la siguiente forma: “La disfemia es un trastorno del habla caracterizado por la repetición o prolongación frecuente de sonidos, sílabas o palabras, o por numerosas vacilaciones o pausas que interrumpen el flujo rítmico del habla, que deben ser clasificados como patológicos cuando su gravedad afecta a la fluidez del lenguaje de modo importante” (CIE-10 de la OMS, 1996).
El término “tartamudo” ha pasado a un segundo plano recomendando el empleo de la palabra disfemia o expresiones como “niño con disfluencias” o “niño que tartamudea”.

Existen diversas teorías que justifican la disfemia (genéticas, biológicas, psicolingüísticas,…), pero más que buscar causas debemos hablar de posibles factores de riesgo y prevalencia, los más destacables son:
·   El sexo: hay una mayor prevalencia en varones que en mujeres.
·   Antecedentes familiares: existencia de historia familiar de disfemia o antecedentes de problemas de lenguaje en la familia. Está confirmada la prevalencia de la herencia por línea paterna.
·   Persistencia de disfluencias “normales” pasados 12 meses o más.
·   Aparición de dificultades en el habla o en el desarrollo del lenguaje, paralelas a las disfluencias.
·   Los factores ambientales (estilo de habla de los padres, patrones de interacción familiar, reacción de la familia ante las disfluencias,…) contribuyen al agravamiento o recuperación del problema.

La disfemia se puede clasificar de acuerdo a diversos criterios, pero nosotros nos centraremos en aquellos que se basa en su evolución. Encontramos 3 tipos:
·   Disfemia primaria o evolutiva: aparece durante el proceso de adquisición del lenguaje, abarcando el intervalo de edad comprendido entre los 2 años y los 3/4 años. Los síntomas principales son:
-       Repeticiones cortas y sin esfuerzo.
-       Prolongaciones inconscientes.
-       Gusto por la comunicación.
·   Disfemia episódica, límite o secundaria: aparece en torno a los 3-5 años. Los síntomas a tener en cuenta son:
-       Repeticiones rápidas e irregulares y bloqueos.
-       Alargamiento de las prolongaciones.
-       Conciencia esporádica del problema.
-       Se inicia la tensión muscular.
-       Sigue el gusto por la comunicación.
·   Disfemia secundaria: hablamos de ella cuando los síntomas se mantienen pasados los 5/6 años de edad, agudizándose y cronificándose. Las características principales son:
-       Presencia de tensión muscular y movimientos asociados.
-       Repeticiones más rápidas y bloqueos más frecuentes.
-       Concienciación total del problema por parte del niño.
-       Presencia de conductas de escape, esfuerzo,….
-       Evitación de personas, situaciones, palabras,…
-       Aparición de sentimientos negativos: miedo, vergüenza o frustración.

¿Cómo y cuándo es necesaria la intervención directa?

Existen múltiples opiniones acerca del momento y la forma idónea de intervención, pero todas ellas coinciden en la importancia de la detección precoz, así como la intervención precoz centrada en la familia. Esta consiste en una modificación directa del ambiente familiar que influya sobre el niño sin ser éste el receptor directo del tratamiento. Las orientaciones más sencillas a seguir por las familias tras la aparición de los primeros síntomas son:

  • Ignorar las disfluencias, no mostrando reacciones verbales ni corporales.
  • No corregir su forma de hablar, no hacer repetir, ni emplear frases implícitas del tipo “no te oigo”, “habla más despacio”, “no te pongas nervioso”.
  • No “ayudar” al niño a finalizar sus palabras o frases.
  • No es conveniente felicitar al niño cuando hable con fluidez ya que de esa forma contribuimos a la concienciación del problema por parte del niño.
  • Ver que situaciones favorecen o inhiben la disfemia, aprendiendo a identificar que situaciones favorecen y que otras se deben extinguir.
  • Reducir la excitación hablándole de forma calmada, sin gritar, reduciendo la prisa,…
  • Reducir el número de preguntas directas y abiertas.
  • No exigir que hable en público.
  • Prestarle atención de forma activa, mostrando interés por su conversión.
  • Evitar la corrección de la pronunciación y la gramática.